Web Oficial de la Semana Santa de Toledo

Domingo de Ramos

Si el amor que me tenéis,
Dios mío, es como el que os tengo,
Decidme: ¿en qué me detengo?
O Vos, ¿en qué os detenéis?

-Alma, ¿qué quieres de mí?
-Dios mío, no más que verte.
-Y ¿qué temes más de ti?
-Lo que más temo es perderte.

Un amor que ocupe os pido,
Dios mío, mi alma os tenga,
para hacer un dulce nido
adonde más la convenga.
Un alma en Dios escondida
¿qué tiene que desear,
sino amar y más amar,
y en amor toda escondida
tornarte de nuevo a amar?

Santa Teresa de Jesús

Liturgia:

Hoy propiamente comienza la Semana Santa y lo hacemos con una solemne procesión litúrgica, la de ramos y palmas. Sólo hay dos procesiones litúrgicas: ésta y la del Corpus Christi, en la de Ramos hacemos memoria y actualizamos la entrada de Jesús en Jerusalén, para consumar su pasión y muerte en cruz.

Esta entrada en la ciudad santa ya estaba anunciada, muchos siglos antes, por los profetas: “Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey que viene a tí, humilde, montado en un asno”. Son impresionantes los signos de Jesús. Cuando va a entregar su vida, de la forma más cruel, para salvarnos, destaca su decisión voluntaria, valiente de dominio absoluto del tiempo, de la historia y de los hechos; aparece como Cristo Rey con sentido universal y popular; destaca su humildad, sencillez y oleario profundas, como contenidos de su Evangelio y de su reinado.

En este día, al menos, tres ideas o enseñanzas colosales destacan y debemos asumir por ser fuente de vida para nosotros. Brotan de los textos bíblicos y antífonas: la voluntad de Dios, la valentía y el amor cristiano.

a) La Voluntad de Dios

La oración colecta, que es la más importante del rito litúrgico, tiene siempre una enorme riqueza. Sus razones, contenidos, frases dirigidas a Dios y lo que pedimos en cada una de estas oraciones, que es sublime e imponderable. Pero lo más importante e interesante es que lo suplicamos en la oración colecta, Dios, nos lo quiere conceder si nosotros no se lo impedimos. ¡Es maravilloso! Todas las oraciones del año litúrgico son a cual más preciosas y oportunas. Hagámoslas nuestras y fuente de nuestra espiritualidad. Vienen en todos los misales, diurnales y libros de las Horas. La del Domingo de Ramos no tiene desperdicio: “Dios todopoderoso y eterno, tú que quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar la género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio y que un día participemos en su gloriosa resurrección. Por Cristo nuestro Señor. Amén”.

Cumplir la voluntad de Dios es la norma suprema de todo creyente. Si sabemos que Dios es nuestro Padre, Cristo nuestro Mediador y Salvador y el Espíritu Santo, que procede de ambos, nuestra fuerza, debemos abandonarnos en este Dios trinitario. Tenemos la certeza que su plan providente para cada uno de nosotros es lo mejor. Así jamás perderemos la paz y la alegría, porque todo lo que nos ocurre es para nuestro bien, gloria de Dios y lo mejor para nuestros hermanos. Esto no falla jamás.

b) La Valentía

La lectura del profeta Isaías, el salmo, antífonas y texto evangélico de San Marcos nos hablan también de esa gran virtud ¡la valentía!, que es propiamente cristiana. Dice Jesús: “El reino de los cielos padece violencia, y lo consiguen quienes se la hacen”, es decir, los valientes. En el Cielo no existe ni un solo Santo que no lo haya sido. La necesitamos mucho. En este primer mundo, más desarrollado y con mayor progreso, pero muy mal administrado y entendido. Ahí tenemos la plaga de corrupción, de conformismo, placer, vida fácil y superficial. Nos hemos distanciado de la fe y así nos va. Estamos llevando en nuestro pecado la penitencia. Este cielo de crisis económica, moral y humana se debe, principalmente, a esa falta de valentía para comportarnos como personas y valorar los buenos principios, la moral y grandes valores. Nuestra sociedad está enferma y por eso surgen esas actitudes condenables. Para seguir a Cristo y su Evangelio, para vencer nuestras pasiones, para cumplir la Ley de Dios, para conseguir las grandes metas hay que ser muy valientes. Los cobardes se hacen acreedores del asco de Dios, aunque Él jamás los deje, y no merecen aprecio en la historia.

c) El Amor que Duele

Ése es el verdadero amor, el que duele, el que cuesta, el que exige nuestra entrega, el que ama hasta el extremo. Así es el amor cristiano. Por eso dice Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”(Jn 15, 13), que es lo que realmente Él hace por todos y cada uno de nosotros. El amor cristiano, o caridad, tiene estas tres características: El Servicio, El Desinterés y el Sacrificio, lo cual lo hace inconfundible, original y único. Éste es el amor de Dios que nos revela en su Hijo Jesucristo. La caridad cristiana es el amor a los demás que brota del amor de Dios. Debemos leer despacio, saborear, meditar y reflexionar, todo lo que podamos, la Pasión de Cristo. La tenemos en los cuatro evangelios. Es la prueba más grande del amor de Dios. Muchos santos han alcanzado las más altas cumbres de lo santidad por la meditación de la Pasión de Cristo. La definición más hermosa y precisa de lo que somos los cristianos es aquella que dice San Juan: “Los que hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”. (1 Jn 4, 16).

Procesiones


Imagen. CRISTO REY EN SU ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALÉN

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