
La responsabilidad de la cofradía no terminaba con la muerte del cofrade, ya que como hemos dicho se encargaba de sufragar los gastos de los sufragios. Ésta, teniendo noticias del fallecimiento de uno de sus hermanos, era llevado a la casa mortuoria el paño de las indulgencias con el que se cubría el cadáver.
El paño, de fondo paxado, amarillo, con el escudo de la cofradía bordado en el centro, en el que destaca la imagen de Cristo de la Humildad bordado en oro. A su alrededor, unas flores moradas completan el adorno. Todo él está guarnecido con una franja de oro fino de dos dedos de ancho. De los bordes cuelgan flecos de seda morada carmesí y amarilla. Todo él está forrado en lienzo del mismo color.
El paño de las indulgencias estaba en poder del tesorero. También tenía la cofradía otro paño de difunto más viejo de terciopelo carmesí, con escudo y cruz de raso que se utilizaba para la mujer y los hijos de los cofrades cuando éstos no eran hermanos.
La cofradía estaba obligada a acompañar al finado en el día de su entierro con el crucifijo de ánimas, alumbrado por seis cirios y el cetrillo. Un sacerdote y un sacristán cantaban el responso antes de salir el entierro de la casa del difunto, acompañado por doce religiosos. La cofradía encargaba seis misas rezadas en la capilla del Cristo de la Humildad, por gozar el finado del privilegio de "altar de alma".
Para completar todos los sufragios, la cofradía en la octava de la conmemoración de los difuntos de cada año, se celebraban en el altar del Cristo de la Humildad doce misas rezadas aplicadas por las almas de los cofrades difuntos de uno y otro sexo, para que todos pudieran gozar de los espirituales sufragios.