Desde la capilla de la iglesia mozárabe de las Santas Justa y
Rufina sale a la calle la cofradía de la Santa Caridad con su
imagen titular, el Santísimo Cristo de la Misericordia y
Soledad de los Pobres. Un tambor destemplado abre el
cortejo, su redoble ronco nos anuncia que desde ese instante,
todo es silencio.
Esta es una de las últimas procesiones en incorporarse a la
Semana Santa toledana. Lo viejo y lo nuevo, el Cristo más
antiguo, el de la caridad, desde aquel martes santo del año
2002, poco a poco ha ido calando en el sentir de los toledanos
más tradicionalistas. Hoy lo vemos ya integrado en su
imaginario. Esta cofradía dentro del mas puro sentir castellano
y por que no decirlo toledano, se aleja de las calles más
recoletas de la Semana Santa toledana, trascurriendo su calle
de Amargura por aquellos lugares desprovistos de Cristos y
Dolorosas. Aquí no hay capataces ni costaleros, son cofrades
con capuces negros los cargadores del paso que soportan “el
peso” de Cristo muerto camino del Pradito de la Caridad.
Se han atrevido a llevar su imagen, una talla de pequeñas
proporciones pero de gran valor artístico y mayor devoción,
hasta ese lugar de Toledo donde sus penitentes con
sus hábitos negros, se pierden entre la oscuridad del Paseo
del Carmen.
Hace muy pocos martes santos que los responsos se escuchan
en Zocodover. Los cofrades formando dos filas sitúan
al Santísimo Cristo en el centro. Allí donde los muertos
fueron expuestos en el Clasicote. Aquí no hay esquinas ni
huecos fingidos. Todo es real bajo la mirada misericorde del
Cristo del Cristo de la Sangre que contempla la escena desde
su capilla bajo el reloj decadente, mientras, la santa Caridad,
desde el centro de la plaza reza, inunda de latines el espacio ¿Dónde están los muertos y sus mortajas?, ¿Dónde están
los deudos?
Los que observan el momento musitan en silencio, intentando
acompañar a los cofrades en el responso por los que
un día se fueron.
Esta es, posiblemente, la cofradía más penitencial de la Semana
Santa. Cuando la procesión abandona la plaza, para
tomar la calle de santa fe, comino de la de Cervantes, la
estampa que de ella puede verse desde las escalinatas del
Arco de la sangre, es todo un espectáculo para los sentidos.
Ver alejarse a los penitentes con sendos faroles, iluminando “su” Vía dolorosa, viendo de espaldas al crucificado,
es para reflexionar, todo invita a ello, hasta el redoble del
tambor destemplado, con su cadencia monótona, parece
entonar un motete, cuando se pierde entre la oscuridad en busca del Pradito.
Al tomar el Paseo del carmen, nos acompaña un Cristo
con cara de hombre, mientras nos observan hombres con
cara de Cristo, es el misterio de las luces y las sombras. De la fe y del desencuentro.
Desde la cuesta, se contempla el esplendor de la procesión
cuando el paso atraviesa el paseo, entre luces semiocultas
por los descarnados árboles, camino del Réquiem.
Aquí, donde el Tajo se desliza sobre las presas, sarcófago de
tantos ahogados, hierve la historia antigua, tantos años de muerte escondida.
El tambor enmudece, el rumor del rió se queda a solas con
Cristo mientras se detiene frente a la lápida de cerámica que
DEUS CHARITAS EST La Caridad en la calle. La cofradía de los muertos
nos recuerda que nos encontramos en el Pradito de la Caridad.
El Tajo se apodera del momento y lo envuelve con el
continuo discurrir del río, cuando se reza el segundo responso.
Acto sobrio de oración y silencio. “Domine….. “
Aquí no hay cipreses, si árboles deshechos, camino de tierra
que en otro tiempo alojó las fosas del cementerio. ¿Dónde
están los muertos y sus mortajas?
La misericordia infinita de Dios inunda el paseo cuando
Cristo camina por esta noche tan negra, al amparo de la luna,
envuelto en el silencio. Los que van en su busca lo encuentran
irradiando Caridad. Cuatro faroles le iluminan y lo hacen
más autentico, más Dios, más Hijo, más Hombre. De su
costado hilos de sangre se deslizan por su pecho, manantial
de vida eterna, su corazón hinchado de Caridad bombea
Misericordia. Quien puede perderse este momento en este
cementerio de soledad y pobreza
Y mis hermanos, los que lucen cruz arbórea en su hombro
izquierdo lo portan y lo soportan por “esta calle de la amargura”,
a este Cristo de rostro sereno.
Han trascurrido varios años desde que los viera por primera
vez y aún me conmuevo cuando observo, ahora desde dentro,
con la cabeza mirando al suelo en señal de humildad,
el rostro oculto, acompañando a Jesús, ya muerto, desprendiendo
dolor redentor ¿Qué habrá debajo de cada capuz?
Camino de la triste noche, con Cristo sobre las andas andando, ¿Dónde habré leído esto? Toma la calle de la Unión. No
podéis perderos el momento. El silencio y el retumbar del
tambor cuando la comitiva pasa debajo del túnel.
La procesión continua, solo el tambor destemplado acompaña
a los cofrades. Al coronar la fuerte pendiente y tomar
las calle Alféreces Provisionales, que bien podríamos llamar
de la Soledad, ya nadie acompaña al cortejo que avanza lentamente
bajo la sorda cadencia del destemplado tambor. Las
horquillas rebotan sobre el adoquinado, avisando a los hermanos
que ya están próximos a Zocodover. Y de Zocodover
a Santas Justa y Rufina. Y Cristo, el de la Misericordia y
Soledad de los Pobres ya esta en su capilla.
Deo Gratias