La Imaginería en la Semana Santa de Toledo
La Imaginería en la Semana Santa de Toledo

Las primeras noticias que hablan sobre las representaciones de imágenes sagradas se encuentran en el quinto libro del Pentateuco, donde se nos dice que la ley de Moisés prohibía el culto a las imágenes que representaban a la divinidad y así, en el Deuteronomio (5,8) leemos: "No te fabricarás escultura ni imagen alguna de lo que existe arriba en los cielos". Idea que será defendida por los iconoclastas de los siglos VIII y IX del imperio bizantino, viendo como idolatría la simple representación de Cristo, la Virgen o los santos, (postura que será condenada en el año 731 por el Papa Gregorio III).

Desde el siglo III los primeros cristianos venían honrando las imágenes de Cristo y los mártires como signo de respeto y veneración, una actitud que será legitimada en el III concilio de Nicea, del año 787, celebrado merced a los esfuerzos de la emperatriz Irene, viuda del emperador bizantino León IV. Con el discurrir de los siglos surgieron posturas contrarias a esta imaginería religiosa como será el caso, en el siglo XII, de los cátaros, al sur de Francia o más tarde, en el siglo XVI, con la doctrina luterana.

La iglesia católica, ante estas divergencias, afianzó su postura en el concilio de Trento, ratificando que "Es necesario defender y conservar las imágenes de Jesucristo, de la Santísima Virgen y de los demás santos…, porque el honor que se rinde a las imágenes se dirige a los originales que representan".

La Semana Santa, uno de los ciclos litúrgicos donde se pone de manifiesto importantes misterios del catolicismo, desde antiguo se ha auxiliado y enriquecido con ceremonias especiales, saliendo incluso fuera de los templos para que el pueblo se involucre de forma activa en la Pascua de Jesús, alcanzando estas manifestaciones callejeras su mayor esplendor en el barroco, encargando a los escultores la representación de pasajes de la pasión, muerte y resurrección de Jesús para que se procesionen por calles y plazas.

Toledo, sede del primado, de hecho, desde época visigoda, y de derecho, desde 1088 por bula papal de Urbano II, mantendrá con energía desde antiguo el culto a las sagradas imágenes como medio evangelizador y vehículo de santificación, empeño que se ha mantenido hasta la actualidad, siendo la imagen más antigua que recorre las calles toledanas el Cristo de la Misericordia y Soledad de los Pobres, de la Santa Caridad , escultura fechada a finales del siglo XIII o principios del siglo XIV. Se trata de una pequeña talla policromada donde el goticismo de sus trazas nos deja ver a un Cristo muerto en la cruz que conserva una serena majestad.

Juan Guas, como hombre polifacético y artista total del Renacimiento, además de ser un gran arquitecto con obras tan destacadas como el monasterio e iglesia de San Juan de los Reyes, ha dejado su impronta de escultor en la imagen de Cristo Amarrado a la Columna, conservada en la iglesia de san Justo, en tamaño un poco menor del natural, cuerpo de formas suaves y tonalidades pálidas, donde pone de manifiesto las proporciones clasicistas imperantes del "cinquecento". De la segunda mitad de este mismo siglo XVI es la talla policromada y estofada, de anónimo autor, del Cristo de la Agonía, de la parroquia de san Nicolás, en tamaño casi natural pues mide 1,60 m, cargado de un profundo dramatismo y modelo de perfección anatómica.

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Pero será en el barroco, al igual que en el resto de España, donde encontremos el mayor número y las mejores tallas que se procesionan en la Semana Santa toledana.

Desde que en 1561 Felipe II traslada la corte a Madrid, Toledo empieza a ver declinar su pujanza económica alcanzando un estado ruinoso hasta llegar a la situación que nos describe Antonio Ponz: "Acaso la mitad de Toledo está arruinada, siendo montones de ladrillos y tejas lo que en otro tiempo eran casas". Frente a esta decadencia social y económica que calificaríamos de paupérrima, en contraposición, se podría decir que la ciudad del Tajo sigue teniendo un gran peso eclesiástico a nivel nacional hasta convertirse en el barroco en lo que el dramaturgo José de Valdivieso llamó "la corte de los clérigos" pues de las veinte mil almas que habitaban Toledo en el siglo XVIII, cuatrocientos veinte eran clérigos seculares, setecientos eran clérigos regulares y quinientas religiosas, lo que paliará y ralentizará el retroceso y decadencia de los antaño pujantes gremios, además de atraer a una pléyade de artistas, entre ellos, escultores como Germán López, Eugenio y Roque López Durango, José Antonio Vinacer, Salvador Carmona, Juan Pascual de Mena, Manuel Álvarez, J. Alonso Villabrille, José Esteve Bonet, Mateo de Medina, José Zazo y Mayo o Juan Ramos Villanueva, fueron algunos de los espléndidos agentes activos del desarrollo de la imaginería toledana en un momento en el que la Iglesia se sirve de los pasos procesionales como vehículo contrarreformista, pasando de ser simples imágenes para su veneración a elementos didácticos que, como indica Cristóbal Belda Navarro, ilustran, enseñan y conmueven.

Las imágenes religiosas alcanzarán tal relevancia en el arte de la escultura que harán palidecer al resto de temática, siendo en el siglo XVII Castilla y Andalucía los centros más importantes de la Península , resurgiendo Levante un siglo más tarde. Unas esculturas que verán realzado su realismo al ser policromadas y estofadas, a las que incluso se les añadirán a la madera otros materiales como cristales, marfil o gemas para los ojos, lágrimas, dientes y gotas de sangre o cabello natural como ocurre con el Cristo del Calvario, de la parroquia de santo Tomé, talla perfectamente reconocible por la inclinación de su cuerpo hacia un lado, al igual que se tallara en el siglo XVI el Cristo de Lepanto, conservado en la catedral de Barcelona, pero en nuestro caso con la inclinación al lado derecho; o los Nazarenos de Santiago del Arrabal, restaurado en el siglo pasado por Guerrero Malagón y de santo Tomé, ambos de la escuela castellana del siglo XVIII. Otra característica típica del barroco, que rápidamente se impuso por su abaratamiento económico y rapidez en la ejecución son las imágenes de vestir o de candelero, a las que solo se tallaba la cabeza y las manos, el resto era un armazón de madera o devanadera que se cubría con telas ricamente bordadas. Buenos ejemplos de estas imágenes de canastilla o vestir son las Dolorosas que, en el paso del Descendimiento, está al pie de la cruz; la Dolorosa de Santiago del Arrabal o la Virgen del Rosario, de San Salvador, todas ellas del siglo XVIII.

Pero donde se contemplan con mayor crudeza estas escenas de la pasión, hasta alcanzar un exagerado realismo, son los pasos de Cristo en la cruz o Cristo yacente como el Cristo de los Ángeles, tallado en el primer cuarto del siglo XVII, donde el anónimo autor policromo la imagen, de tamaño natural, muerto en la cruz con la cabeza inclinada al lado derecho, por lo que en algún momento de su historia se le conoció como Cristo de la Buena Muerte. Esta obra encargada por la familia De la Palma Hurtado para su capilla funeraria en el convento de las Gaitanas, fue restaurada en 2001 por Lucía Neumeister Peguero.

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Del mismo siglo es el Cristo de la Misericordia, con sede en la iglesia de santa Leocadia. Igualmente representa a Cristo muerto en la cruz. Es una talla policromada, algo menor del tamaño natural, perteneciente a la escuela castellana, presentando grandes similitudes con el Cristo de los Ángeles en la expresión del rostro, proporciones e idéntica manera de hacerle inclinar la cabeza. El Cristo que forma el paso de la Piedad, de la Virgen de las Angustias, y recientemente restaurado, también pertenece al siglo XVII y, como los anteriores, no se conoce su autoría. La imagen, policromada en una tonalidad pálida, representa a Cristo muerto en el regazo de su madre, y aunque la posición de las piernas es algo artificial, su anatomía está perfectamente trabajada y estudiada, destacando la captación por parte del autor de la rigidez de la muerte en su brazo caído.

Del extinto convento de las Madres Capuchinas sale en procesión el Cristo de la Expiración, una bellísima talla de tamaño natural, sin policromar, de la escuela italiana, que representa a Cristo muerto en la cruz una vez que ha expirado. El perfecto tratamiento de los músculos del cuello soportando la cabeza muerta abatida a la derecha, así como el virtuosismo en la representación de los músculos de un cuerpo sin vida sujeto a la cruz por los clavos de las manos hacen de la obra una de las mejores imágenes que procesionan en Toledo. Esta soberbia talla es una de las muchísimas piezas de arte que el cardenal D. Pascual de Aragón encargó a artistas italianos durante su estancia en aquellas tierras como Virrey de Nápoles, siendo numerosísimos los cuadros, bordados y piezas de orfebrería donados a la catedral durante su pontificado, destinando esta imagen de impresionante realismo al convento de las Capuchinas del que fue su gran mecenas protector y donde fue enterrado en 1677.

Santo Sepulcro

El paso más espectacular del siglo XVII y de toda la Semana Santa toledana es el grupo del Descendimiento, formado por seis imágenes de tamaño casi natural, donde el conjunto compositivo está perfectamente estructurado para que, milimétricamente, pueda desfilar por las estrechas calles del centro histórico. Al igual que el resto de la imaginería barroca, pertenece a la escuela castellana.

La talla policromada de Cristo muerto es obra de un artista de primerísima línea que muestra su virtuosismo en el exquisito trabajo de la musculación. Las imágenes de candelero que desclavan a Jesús representando a Nicodemo y José de Arimatea son de inferior calidad artística. El grupo se completó en la centuria siguiente al añadirse las figuras talladas y policromadas de María Magdalena que porta en su mano derecha un tarro de perfume y san Juan con los brazos extendidos señalando la escena, ambas en posición erguida, acentuando la verticalidad del paso y con ropajes quebrados en grandes ángulos para crear violentos contrastes de luces y sombras en tonos muy vivos e intensos que realzan aún más la carnación de Cristo. A los pies de la cruz, igualmente se añadió en época dieciochesca la imagen de canastilla de la Virgen Dolorosa , de rostro apenado que, como ajena al mundo que le rodea, porta la corona de espinas y el clavo de la mano derecha de su hijo. En 1994 el paso fue restaurado en su totalidad por el artista toledano Mariano Guerrero Corrales, hijo del gran pintor Guerrero Malagón.

Al siglo XVIII pertenece el Cristo de la Esperanza, de san Andrés, imagen policromada de perfectas proporciones que representa a Cristo crucificado cuando ya ha expirado, con el rostro levemente inclinado al lado derecho y con la tallada cabellera hasta la altura de los pectorales, haciendo el anónimo autor un pormenorizado estudio de la anatomía humana. La talla es de menor tamaño del natural, una característica de la imaginería procesionaria toledana, propiciada por las estrecheces de las calles por donde discurren, haciendo de este tipismo un añadido atractivo a los desfiles de la Semana Santa.

Aunque revestido con una rica túnica gránate bordada en oro, la imagen de Cristo Redentor es una talla completa, policromada, que representa el momento en el que el dolor y el sufrimiento le hacen caer al suelo con la cruz sobre el hombro izquierdo. El rostro ensangrentado y transido de sufrimiento, con la mirada en el infinito y la boca entreabierta acentúan la carga de dramatismo, comprobándose la buenísima categoría del desconocido artista en el exquisito y esmerado trabajo de las manos.

Otra imagen de esta centuria que reviste gran importancia por su realismo es la talla anónima, de la escuela toledana, de tamaño natural que representa a Cristo Yacente en una urna de cristal. La imagen, policromada en tonalidades recordatorias del "rigor mortis", es un trabajo pormenorizado de la anatomía en reposo que transmite una serenidad contenida, reflejo de la gloria alcanzada.

Igualmente de la época es la talla de la Virgen de la Alegría, de san Andrés, una imagen de María encinta que está policromada y decorada con flores enmarcadas en rosetas casi circulares distribuidas geométricamente en el corpiño y ramilletes de flores rojas y azules alternando con otras en oro en la falda. De tamaño menor del natural y cubierta por un manto negro hasta el encuentro con su hijo resucitado, solo se deja al descubierto el rostro de policromía con tonalidades pálidas que hacen realzar sus sonrosadas mejillas, de cara redondeada y mirada elegante y serena.

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En el Santo Encuentro, a esta imagen de María se le presenta a Cristo Resucitado, talla de parecidas proporciones pero de inferior calidad artística tanto en la policromía de la carnación como en el paño depudor o en la larga cabellera y espesa barba que cubre gran parte del rostro así como el desajustado eje de simetría de las piernas, obra que está muy lejos de la bellísima talla del Resucitado que se conserva en la iglesia de san Miguel "El Alto" y que, a falta de algunos trámites, está a punto de salir procesionalmente. Una imagen de tamaño natural correspondiente al siglo XVII y que fue restaurada en 2006 por Javier Encinas y Ana Isabel Ortega.

Pero como se dijo al principio, esta imaginería religiosa se mantendrá viva y sin interrupción en Toledo a lo largo de los siglos merced al empeño de las diversas cofradías, no solo conservando y restaurando los pasos existentes sino encargando nuevas imágenes, manteniendo, en la inmensa mayoría de las veces, los esquemas barrocos de dramatismo, la utilización de barbotina para realzar los relieves decorativos, el empleo de la madera sobre otros materiales o la estructura de canastilla o candelero como la Virgen del Amparo o la Virgen de la Caridad, observándose igualmente que la influencia de la escuela castellana que predominó en las obras de los siglos XVII y XVIII ha dado paso a la escuela andaluza, tan evidente en la Virgen de las Angustias, la Virgen de la Caridad o en el Cristo de la Humildad, adaptándose incluso a la modalidad de paso de palio como ocurre con la Virgen del Amparo . En otros casos se ha impregnado de personalidad propia que evidencia el estilo personal de su autor como es el caso de La Oración en el Huerto o en el Cristo de la Buena Muerte.

Imágenes contemporáneas que han venido a sustituir a otras figuras anteriores que fueron destruidas por accidentes como ocurrió con la bellísima imagen de la Virgen de la Soledad, de las Santas Justa y Rufina, sustituta de otra existente desaparecida en el incendio que sufrió su capilla el 28 de septiembre de 1873 y de gran devoción por el gremio de espaderos. La actual imagen es una obra que costó 1.260 reales, costeados por suscripción de sus devotos. Representa a una Dolorosa con la mano izquierda apretándose la derecha como signo de dolor incontenido y el rostro en bellísimo y exquisito trabajo, con los ojos a medio abrir, de donde le brotan una lágrima del ojo izquierdo y otras dos del derecho; la boca entreabierta, permitiendo ver los dientes superiores y las cejas fruncidas en un rictus de dolor, escena que ve aumentada su carga de realismo por la delicada policromía perfectamente trabajada. El escultor toledano Mariano Bellón entregó la imagen a la cofradía en 1874.

Otros pasos se han vuelto a tallar para ocupar el vacío que dejaron los que desaparecieron en la guerra civil como son el Cristo de la Vega o La Oración en el Huerto, la primera, de tamaño natural, policromada y con el brazo derecho desclavado, excesivamente rígido para recordar que esta toledanísima imagen de origen legendario, procede de un Descendimiento. La Oración en el Huerto es obra del escultor toledano Luís Martín de Vidales, realizada en el año 1971, por lo que estamos hablando de una obra de juventud. El grupo, tallado en madera de pino y policromado, está formado por la imagen de Cristo arrodillado y los apóstoles Pedro, Santiago y Juan dormidos en el suelo, levantando ligeramente las cabezas que descansan sobre los brazos o una roca. La obra, alejada del detallismo de las imágenes de siglos anteriores, destaca por sus cuidadas medidas y naturalidad compositiva.

Pasos que son sustitutos pero no copias, pues los actuales presentan estilos y composiciones diferentes a los que anteriormente existieron.

En otras ocasiones las nuevas imágenes han venido a reemplazar a otras anteriores que no eran consideradas lo suficientemente dignas para ostentar la titularidad de la cofradía, bien por encontrarse en un deficiente estado de conservación o no alcanzar determinada calidad artística como ocurriera con la Virgen de las Angustias, encargándose en 1992 una nueva imagen al artista sevillano José Romero, dejando la evidencia de la escuela andaluza en la belleza del rostro dolorido adornado de cristalinas lágrimas.

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Y una tercera razón para seguir aumentando el número de imágenes religiosa es el fruto de una devoción especial a un misterio concreto de la Pasión de Jesús o una advocación de María que aún no estuviera plasmado artísticamente como es el paso de la Virgen del Amparo, realizada a mediados del siglo pasado por el reconocido escultor toledano Cecilio Béjar. Imagen de vestir, de tamaño natural pues mide 1,70 m . de altura, con el rostro policromado, y expresivos ojos de donde brotan unas lágrimas que transmiten su profundo dolor. En el año 2001 fue restaurada por Enrique Toledo Brasal.

Otra imagen contemporánea, obra del escultor José Vázquez Juncal, es la Virgen de la Caridad, de la parroquia de santa Leocadia. Imagen de candelero que sigue fiel a las ideas tradicionales de la imaginería procesional. De singular belleza, con una mirada dolorida cargada de serenidad que recuerda el virtuosismo de otras versiones andaluzas.

Lejos de las influencias de la escuela andaluza presente como hemos indicado en la imaginería contemporánea y marcado por la impronta personal de su artista Mariano Guerrero Corrales, es el Cristo de la Buena Muerte, tallado en 1972 para la cofradía del mismo nombre con sede en san Juan de los Reyes. Representa a Cristo en la cruz cuando acaba de exhalar el espíritu. En madera sin policromar y con un tamaño algo menor del natural, el escultor ha despojado a la imagen casi de la masa muscular para potenciar el dramatismo del martirio y sufrimiento que padeció para salvar a la humanidad.

El verano pasado de 2007 se bendijo una talla que sustituye a otra anterior, de Eugenio López Durango, del siglo XVIII, desaparecida en la invasión napoleónica, es la obra policromada del Cristo de la Humildad, imagen de Jesús sentado en el tribunal ante la multitud, en el lugar conocido como Gábbata y donde los soldados "lo desnudaron y le pusieron un manto color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron en la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha" (Mt. 27, 28-30). La obra, del sevillano Darío Fernández, procesionará por vez primera en esta Semana Santa de 2008.

El último paso procesional que cierra el ciclo imaginero toledano es La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, popularmente conocido en muchos lugares de España como La Borriquita, obra del jienense Antonio José Martínez, presentada y bendecida el domingo, 25 de noviembre de 2007, festividad de Cristo Rey, en la iglesia de las Santas Justa y Rufina, sede canónica de la Hermandad de la Virgen de las Angustias, cofradía que se ha encargado de sacar este nuevo paso en procesión el Domingo de Ramos, día en el que se recuerda la realeza de Jesús "Cristus Vincit, Cristus Regnat, Cristus Imperat". Imagen que, según palabras de su autor, al ser contemplado por el pueblo toledano "vea a un Cristo actual con la mirada reflexiva e interiorizada pero con la mano extendida a todos".

Un total de veintiséis pasos, incluido el Lignum Crucis de la Hermandad de Caballeros y Damas Mozárabes, que desde el Viernes de Dolores al Sábado de Gloria, desfilan por las estrechas y evocadoras calles de la milenaria Toledo arropados por largas y silenciosas filas de penitentes como vivos ejemplos de la historia de la imaginería que, desde la Edad Media a la fecha de hoy, nos hablan de unos artistas que pusieron lo menos de su arte al servicio de la iglesia católica para transmitir el mensaje de redención que encierra la Semana Santa.

Juan Estanislao López Gómez
Coordinador de la Universidad de Mayores de Toledo, de la UCLM

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