DEL JUEVES SANTO AL CORPUS CHRISTI
Cristo Redentor

DIOS CREADOR Y REDENTOR ES EL AMOR....

(así lo resalta el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica “Deus Caritas Est” )

La Cuaresma, tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquel que es la fuente de la Misericordia, da paso, un año más, al fervor y la religiosidad que acompaña, en la Semana Santa toledana, a las distintas Cofradíasposo de historia, tradición, fe y respeto- que recorrerán las calles de esta ciudad desde el Domingo de Ramos- día en que Jesús es recibido en baño de multitud sin precedentes en su entrada en Jerusalén, multitud que, más tarde, le abandonará y dará la espalda condenándole a morir en la Cruz- hasta el Domingo de Resurrección.

En la celebración de la pasión y muerte de Jesús, cada momento y cada acto tiene su significado y su importancia, y así se refleja en cada una de las procesiones que
tienen lugar durante estos días en las calles de nuestra ciudad.
Toledo abre sus puertas, los toledanos se vuelcan con su ciudad...Hoy, que el ser humano no quiere asumir el misterio del sufrimiento y rechaza todo aquello que pueda suponer luchar y sufrir, la Semana Santa no sólo aparece como cita indispensable para miles de visitantes sino que con ella se recupera la tradición religiosa que llega al corazón de todos los ciudadanos, y creo que recuperar las tradiciones es lo más importante porque aquellos que olvidan sus raíces, que olvidan de dónde vienen, no tienen futuro.
Y es que la Semana Santa es mucho más que una procesión, pues sea cual sea el lugar donde nos encontremos nos ayuda a penetrar con fervor y devoción en la Pasión del Señor y el dolor de la Virgen.
Tan solo un Lugar se diferencia de los demás y ese es Tierra Santa, la Tierra de Jesús, donde transcurrió su vida terrenal y donde hasta las piedras hablan de Él.
La Semana Santa en Jerusalem es otra cosa: un viaje interior y una experiencia íntima que se encuentra en la emoción única de vivir la liturgia en el exacto lugar donde la tradición señala los pasos del Protagonista Divino en su Pasión: la entrada victoriosa del Mesías en la Ciudad Santa a través del Monte de los Olivos y Getsemaní; la evocación de la Cena Pascual, en la que Jesús instituyó la Eucaristía, en el Cenáculo; el rito de la Hora Santa en la Basílica de la Agonía, al pie del Monte de los Olivos, donde se encuentra la Roca sobre la cual Cristo sudó sangre, la negación de Pedro, la oración del Señor y su captura por parte de los soldados y la Iglesia de San Pedro in Gallicantu construida sobre el lugar donde Jesús pasó la noche del Jueves al Viernes; la Vía Dolorosa, la de la Amargura...las calles de la Ciudad Vieja y la Basílica del Santo Sepulcro: el Calvario donde se localiza el sitio de la Crucifixión y Muerte, la Piedra de la Unción donde el cuerpo de Jesús reposó al descenderlo de la cruz, y que los franciscanos mantienen perfumada con óleos en todo momento, y el Santo Sepulcro.

Debo decir que guardo en mi corazón, como el mejor tesoro, el tiempo que viví en mi tierra natal, Galicia, y hoy, que me siento toledana de adopción, vinculada a esta ciudad a través de la Cofradía Internacional de Investigadores, recordando la Pasión y Muerte de Jesús no puedo olvidar las noches del Jueves y Viernes Santo en la Semana Grande de mi ciudad natal- Ferrol- ante la imagen del Santísimo Cristo de la Misericordia.





Capítulo de Caballeros Penitentes de Cristo Redentor

“Que vaya, en fin, por la vida
como Tu estás en la Cruz.
De sangre los pies cubiertos
llagadas de amor la manos
los ojos al mundo muertos
y los dos brazos abiertos
para todos mis hermanos.
A ofrecerte, Señor, vengo
mi ser, mi vida, mi amor,
mi alegría, mi dolor
cuanto puedo y cuanto tengo
cuanto me has dado, Señor...”

José Mª Pemán

Pero la experiencia más profunda la viví, sin duda, hace poco menos de dos años cuando algunos de los miembros de la Cofradía Internacional de Investigadores, con nuestro Prioste al frente, realizamos una peregrinación a Tierra de Jesús donde seguimos sus huellas desde la Encarnación, en Nazareth, hasta su muerte en la Cruz y su Resurrección, en Jerusalem.
Se puede decir que en Tierra Santa todo recuerda a Cristo, pero la emoción te embarga de forma especial en la celebración de la Hora Santa, un jueves por la noche, en la Iglesia de la Agonía junto al Huerto de Getsemaní; ver, tocar, besar, la Roca de la Agonía, y orar en la intimidad ante ella, donde Jesús oró y suplicó al Padre es algo tan grandioso que estremece.

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Juan Pablo II, en la Jornada Mundial de la Paz, en 2002, dijo: “El Dios que nos redime mediante su entrada en la historia, y que mediante el drama del Viernes Santo prepara la victoria del día de Pascua, es un Dios de misericordia y perdón”
En la Cruz murió, por nosotros, nuestro Señor Jesucristo y la Cruz es la señal del cristiano.
Cada año la Iglesia invita a sus hijos a hacer presente el misterio más importante de la historia de la humanidad.
En estos días que son profundamente intensos para los creyentes debemos intentar acoger la gracia de Jesucristo en nuestro corazón, la gracia que El conquistó para nosotros con su muerte en la Cruz y con la Resurrección.
Así cuando la Semana Santa toledana toca su fin, se oye el grito de alegría que desde hace dos mil años no nos cansamos de anunciar al mundo entero: ¡Cristo ha vencido a la muerte!
Y ese mismo Cristo crucificado, que resucitó y envió al Espíritu Santo desde el Padre, es el Cristo que está en el Sagrario.
Por eso sesenta días después de la Pascua de Resurrección tiene lugar uno de los festejos religiosos más solemnes y grandiosos de la cristiandad; todos los pueblos de España y del mundo católico, se engalanan y se llenan de fiesta para celebrar esa presencia de Dios: es el día del Corpus Christi, vértice de nuestras celebraciones cristianas.
Este día, uno de los “que relucen más que el sol”, los cristianos celebramos la presencia real del Señor Resucitado entre nosotros.
La Iglesia estableció la fiesta del Corpus Christi para que los cristianos adorasen a Jesús Sacramentado, manifestando su fe en aquel Jesús que hizo el milagro de irse y quedarse.
Siglos atrás, la conmemoración se hacía el Jueves Santo, que fue justamente el día en que Jesucristo instituyó la Eucaristía durante la Santa Cena; pero la jornada del
Viernes Santo, evocadora de la pasión y muerte del Señor, estaba tan cerca que los cristianos decidieron celebrarla unas semanas más adelante, cuando la sombra que proyectaba la Cruz se hubiese desvanecido ya con el júbilo de la Resurrección.Evoca la “Ultima Cena” donde Jesús instituyó la Eucaristía Así esta festividad es instituida con carácter universal, para ser celebrada el jueves siguiente a la octava de Pentecostés, a mediados del siglo XIII, cobrando mayor importancia durante el Renacimiento.
En el siglo XVI, el Corpus se convierte en un verdadero elemento doctrinal; la finalidad de esta celebración es dar culto al Señor, adorar al Santísimo y revitalizar el
sentido eucarístico del pueblo cristiano.
En el Corpus tributamos un homenaje público a la Sagrada Eucaristía y manifestamos en la calle nuestra fe en Cristo, real y vivo en la Sagrada Forma.
“Toda la vida sacramental de la Iglesia y de cada cristiano alcanza su vértice y su plenitud precisamente en la Eucaristía.

En efecto, en este sacramento se renueva continuamente, por voluntad de Cristo,
el misterio del sacrificio, que El hizo de sí mismo al Padre sobre el altar de la Cruz”. (Encíclica Redemptor hominis, 1979)
“Cristo entregó a la Iglesia este sacrificio para que los fieles participen de él tanto espiritualmente, por la fe y la caridad, como sacramentalmente, por el banquete de la Sagrada Comunión. Y la participación en la Cena del Señor es siempre comunión con Cristo que se ofrece en sacrificio al Padre por nosotros”. (Carta apostólica Dies Domini, 1998)

En este sentido, los cristianos celebramos con especial recuerdo y devoción el Jueves Santo, en el que Jesús nos dio pruebas definitivas de entrega, con la institución de la Eucaristía, y de servicio, con el lavatorio de los pies a susdiscípulos.
Pero como tales cristianos no podemos limitarnos al momento puntual de las celebraciones religiosas.
Precisamente hoy, que vivimos tiempos difíciles para la Iglesia, para los cristianos y sus valores, que se mina la dignidad de la persona, la familia, las instituciones... que ser católico y proclamarlo “no vende”, es necesario que los cristianos manifestemos nuestra fe en público, sin arrogancia alguna, pero con firmeza y respeto para todos. No podemos acomplejarnos de la presencia real de Cristo que es la fuerza de salvación para todo el que cree.

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¡NO TENGAIS MIEDO!

No hay que olvidar que la presencia de los católicos en la vida pública sin privilegios
pero sin complejos forma parte del legado más característico de Juan Pablo II cuyo papado oceánico es demasiado fecundo para compendiarlo en unas pocas líneas; sus 14 encíclicas y sus abundantes cartas pastorales suponen un patrimonio riquísimo que, según palabras de Benedicto XVI, “todavía no ha sido suficientemente asimilado por la Iglesia”.El Santo Padre, que es un teólogo de la Historia, considera “una misión esencial” divulgar los textos de su predecesor y hace aflorar una y otra vez el Magisterio del Concilio Vaticano II.

¡DIOS ES AMOR!

La mejor introducción al Pontificado de Benedicto XVI es la encíclica Deus Caritas Est.
Con sólo 50 páginas Dios es amor sorprendió al mundo como una obra hermosa y breve que va directamente “al corazón de la fe cristiana” y revela las grandes prioridades del Papa.
Es una encíclica para redescubrir la esencia del cristianismo.
Y precisamente el Jueves Santo es referencia para el que quiere aprender la lección sobre el Amor, porque podemos dudar de muchas cosas en la vida pero de lo que
nunca podremos dudar es que el Amor de Dios por el hombre no puede tener fin.

Capítulo de Caballeros Penitentes de Cristo Redentor

En Valencia, en julio de 2006, el Santo Padre subrayó:

“El mundo necesita hoy de modo particular que se anuncie y se de testimonio de Dios que es Amor y, por tanto, la única luz que, en el fondo, ilumina la oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar”.

Para terminar me gustaría recoger el mensaje entregado por Benedicto XVI al despedirse en Colonia, en agosto de 2005 :

”Quien ha descubierto a Cristo debe llevarlo a otros.Una gran alegría no se guarda para uno mismo. Es necesario transmitirla”.

Adentrémonos, pues, en la Semana Santa con espíritu eucarístico, procesionemos con devoción pero, sobre todo, con fe cristiana.
Seamos conscientes de que la Semana Santa es una nueva oportunidad especial que Dios nos da de identificarnos con Aquel que nos amó, hasta el extremo de dar la vida por nosotros, y que, de algún modo, tendremos que intentar corresponder a tanto Amor.
Dominus Flevit – “Nuestro Señor lloró”- en el Monte de los Olivos
Nos recuerda las lágrimas de Jesús por la ciudad de Jerusalem“

Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella” (Lucas 19:41)

Carmen TORRES LÓPEZ
Doctora en Psicología
Cofradía Internacional de Investigadores de Toledo