¿Murió Jesús?
¿Murió Jesús?

Piedra firme y angular de nuestra fe, es el misterio de la resurrección del Señor, triunfante.

Suprimir en el ciclo la dogmática la fe en la resurrección de Jesucristo y habréis envuelto a la iglesia en un caos sin salida, sin luz y sin esperanza.

San Pablo en su oráculo perpetuo de la verdad, ese adalid de la fe, de quien mejor, que de Luis Veuillot, hubiera podido afirmar un contemporáneo que "cuando escribe, y lo que él graba el tiempo no lo borrara jamás" nos ha dejado escritas en una de sus cartas admirables esta imperecedera sentencia.

"Si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra fe, es inútil nuestra esperanza y nosotros somos los más desgraciados entre todos los hombres".

Indicaba ya, en lo que escrito queda, la razón, la razón - no siempre confesada y aun frecuentemente disimulada so pretexto de imperativos científicos - del empeño de los impíos por borrar de la conciencia cristiana la fe en ese consolador misterio. A nosotros nos toca defenderlo, y nada, según creemos; tan propio como la solemnidad de este día como ocuparnos, brevemente de los sofismas acumulados por los incrédulos en torno a esta verdad. Vayamos por partes.

Dos tendencias, bien separadas y definidas, marcan los derroteros que, en orden a la creencia secular que nos ocupa, ha seguido a lo largo de los siglos, la ciencia emancipada de la revelación y en pugna con ella. Para algunos, la resurrección no es más que una leyenda forjada por la audacia de los discípulos o, acaso falaz y mentida alucinación, causado por el exceso de amor. Preguntar al racionalismo de todas las épocas, unos dirán, con Juliano - quien a su vez lo toma de los fariseos - que, mientras los solados dormían, los cristianos robaron el cuerpo de Jesús y lo escondieron, predicando luego a los cuatro vientos que había resucitado. Otros tremolaran como insignia de victoria y síntesis de sus elucubraciones, la frase del impío y sacrílego Renán: El amor y la alucinación dieron al mundo en Dios resucitado". Pasma y asombra la facilidad con que se pregonan tales absurdos, nada hay mas lejos de la realidad como esa audacia y valiente intrepidez en los que se pretende envolver a los que de hecho se mostraron tímidos, cobardes y espantadizos, no era el alucinamiento lo que caracteriza a aquellos apóstoles, tan reacios, desesperanzados e incrédulos, o habría que borrar para siempre el Evangelio - ese libro, aun humanamente hablando, tan veraz, que ha podido decir del un hombre como Juan Jacobo Rousseau: "Si el Evangelio es falso, su inventor seria más admirable que su héroe".

Dejemos ya a estos, y vengamos a tratar de la segunda tendencia. A creer a los que militan en este bando, lo que se llama la resurrección de Jesús no es un caso de verdadera y real resurrección. La razón que aducen no puede ser más corta y terminante, desde su punto de vista: Jesucristo - afirman - no murió: luego mal pudo resucitar. Lo ocurrido aquí - añaden - fue que efecto de los acerbos dolores de un día de indecibles tormentos, sufrió un colapso que todos los presentes confundieron con la muerte, pero que en realidad no paso de un profundo desmayo del que el Señor volvió después de algunas horas en el sepulcro. Así, pues su aparición entre los discípulos fue el despertar de un síncope o letargo, pero no una verdadera resurrección. Como se ve, la cuestión se plantea en los mismos términos. ¿Murió Jesús?

Discurramos unos momentos sobre este extremo.

Con ser tan flacas y deleznables las opiniones que acabamos de refutar, fuerza será reconocer que no tienen mayor constancia la que ahora traemos entre manos. Hasta tal punto estamos persuadidos de la evidencia de lo que decimos que, al contemplar el empeño de algunos por dejar libre paso, en nombre de la verdad histórica -¡siempre la verdad histórica!-, a tan atrevidas e insostenibles afirmaciones, no acertamos a salir de nuestro asombro y aun nos sentimos compelidos a preguntar de donde habrán tomado pie para lanzar estas descabelladas ideas los promotores de tan peregrinas teorías. Seguros estamos de que no habrá quien se atreva a escudarse con el Evangelio: antes bien es en ese libro, tan divinamente veraz, como natural e históricamente respetable, en donde encontrara - quien sinceramente las busque - pruebas indestructibles de la muerte de nuestro Redentor. El Evangelio de san Juan, narrador verídico y testigo presencial del drama del calvario, consigna la verdad del hecho de que tratamos con estas palabras: "Habiendo inclinado la cabeza, exhalo el alma" EL mismo lenguaje, con ligeras variantes, usaron los demás evangelistas. Pero hay otro argumento irrecusable y palmario.

En cumplimiento de un mandato, la soldadesca sube a la cumbre del Gólgota para acelerar la muerte de los reos, y, al efecto, hace crujir bárbaramente las piernas de los dos ladrones que fueron crucificados con el Señor; pero al llegar a Jesús. "Como vieron - son palabras del Evangelio - que había muerto ya, no quebrantaron sus huesos". Mas ¿ay! Que no fue piedad o conmiseración este rasgo de los sayones, pues el mismo sagrado Evangelio se encarga de decirnos que, en aquel preciso momento, un soldado descargo tremenda lanzada contra Jesús, pasando de lado a lado su pecho y partiéndole el corazón. Ahora bien, ¿quién después de este espeluznante relato, osara sostener, que Cristo no murió en los brazos de la cruz?

A mayor abundamiento, no estará de más el recordar a los eruditos que pretenden cubrir su impiedad con el ropaje deslumbrador de una ciencia superficial y, por añadidura, prestada, la conveniencia de que, antes de lanzar al mundo teorías más brillantes que sólidas, estudie la arqueología bíblica y se detengan unos instantes a considerar la practica observada por los judíos en la ceremonia de embalsamamiento de sus muertos, pues acaso con este ligero repaso tendrían también para persuadirse de que, aun en la hipótesis absurda de que el Redentor hubiese bajado de la Cruz con un hálito de vida, la hubiera irremisiblemente perdido bajo aquellas largas y apretadas fajas de lienzo que sujetaron la espesa capa de ungüento con que recubrieron todo su cuerpo, sin exceptuar alguna parte. Confesemos, pues, con el Credo de los Apóstoles, que Jesucristo "fue crucificado, muerto y sepultado", y proclamemos a voz en grito, este hecho, como punto de partida insustituible de la verdad de una resurrección que pronto celebraremos y que, al decir de santo Tomas, es la causa y el modelo de nuestra propia resurrección.

José María Bases y Carreras. El Castellano
La Semana Santa de 1931

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