
Eran las seis de la tarde cuando dos discípulos subían hacia la plaza de la Magdalena con el encargo de buscar la casa donde prepararían la cena de Pascua. Transcurridas unas horas, todos se encontraban en el salón donde el Maestro partió el pan y compartió el vino con aquellos a lo que había elegido para que fuesen sus testigos.
Cuando termino la cena, y entristecido por la certeza de que uno de los suyos la haría traición, se encamino por las estrechas y solitarias calles de la ciudad hacia un lugar extramuros situado al otro lado del río, atravesando el puente de San Martín, para orar y esperar la hora que había de llegar de manera inevitable.
Llegado al huerto, que llaman de San Bernardo, se alejo de sus discípulos y, puestos sus ojos en una radiante luna que iluminaba la oscura noche, comenzó a meditar. Las horas se hicieron eternas. El sudor helado, presagio de la agonía que había de suceder, empapaba su cuerpo y sus vestidos.
A pesar de la vacilación, propia de un hombre, se arrojó finalmente en manos de Aquél que le había enviado para hacer su voluntad. "Cristo de la oración en el huerto".
Los príncipes de los sacerdotes, los prefectos y los ancianos acudieron al lugar señalado por aquel discípulo que lo había de entregar. Pensaban que había llegado su hora y decidieron volver con Él a la ciudad por la Puerta de los Judíos para presentarlo al Sumo Sacerdote. Hallándole culpable de blasfemia este le envío a la única instancia que podía condenarlo a muerte como el pueblo quería. Se inicio la marcha hacia el Pretorio desde el cerro del Alcochel, subiendo por las empinadas cavas, atravesando la sinuosa calle de las Bulas para, desde allí, encaminarse por Trinidad y Comercio hasta la plaza donde tanta gente lo escuchara, y desembocar en el altozano donde se encontraba la casa del Pretor.
Tras un corto interrogatorio decidió azotarlo "Cristo amarrado a la columna" y soltarlo. A la vista del pueblo un hombre torturado, lacerado, coronado de espinas "Cristo de la Humildad", que perdona a quienes contemplan con saña su dolor, y que, no satisfechos con su castigo, piden su crucifixión. La cobardía del mundo contrasta con la paz y serenidad que trasluce el rostro del condenado. Se accede a la petición del pueblo y se decreta la pena de muerte.
Comienza una larga vía dolorosa por el entramado laberíntico de la ciudad. Las calles contemplan el siniestro cortejo y se unen a él haciendo casi imposible el caminar, repitiendo en cada esquina, en cada plaza y travesía los ayes lastimeros de las mujeres que ven en Él a su propio hijo injustamente condenado, reo sin ningún delito.
"Nuestro Padre Jesús Nazareno" avanza lentamente, con la respiración entrecortada, deteniéndose a cada paso para tomar aliento. Al llegar a la calle de Tornerías, y bajo el peso de la cruz, contempla a su Madre, que ha salido a su encuentro "María Santísima del Amparo, del Rosario y de la Caridad".
Ella, traspasada de dolor, acompaña esta lenta agonía del Hijo de sus entrañas "Cristo Redentor" que con paso lento y vacilante desciende hasta el río para ser izado en una cruz en el cerro escarpado que se eleva al frente del embarcadero, calvario del calvario de la nueva Jerusalén.
Despojado de sus ropas y echadas a suerte, fue colocado en el madero y clavado en él "Cristo de la Santa Caridad", "Santísimo Cristo de la Esperanza", "Cristo de la Fe", "Cristo de la Misericordia", pronunciar vuestras últimas palabras en la tierra, testamento de la Humanidad de nuestro Dios. Cristo de Siete Palabras "Santísimo Cristo de los Ángeles".
Cerca de la hora nona exclamó con potente voz "¿por qué me has abandonado?", y poco después entrego su espíritu en manos de su Padre: "Santísimo Cristo de la Expiración", "Santísimo Cristo de la Buena Muerte".
Al pie de la cruz, rota, casi sin lágrimas, la persona que más le mimó, que más le amo, su Madre: "Nuestra Señora de la Soledad".
Era menester bajar de la cruz y enterrar el cuerpo sin vida del que todo lo dio y nada pidió a cambio: "Santísimo Cristo de Vega", "Santísimo Cristo del Descendimiento".
Para recibirlo y acunarlo entre sus brazos, acariciando con sus albas manos sus cabellos, su frente, y besando con lágrimas ardientes sus ojos y su rostro, se encontraba Ella: "Nuestra Madre María Inmaculada de las Angustias".
Si dura fue la muerte, mas dura fue la separación de Madre e Hijo. Después de ser perfumado con mirra y envuelto en un sudario seria depositado en un "Santo Sepulcro", tumba nueva excavada en la roca situada en la colina sur de la ciudad, que se mira en el espejo turbulento y canoro del río.
José María González Cabezas
Presidente del Stmo. Cristo de los Ángeles